miércoles, 14 de septiembre de 2016

OTRO AÑO MÁS

Por fin se acercaba la fecha señalada en rojo en el calendario. Llevaba meses esperándola con ansia y desesperación, pero ya estaba aquí, el día tan mágico que era mi cumpleaños. No había otro día igual en todo el invierno, ni siquiera parecido. Aunque con inevitable paso de los años, poco a poco, me di cuenta de que siempre se repetía el mismo ritual, la misma secuencia de acciones y hechos, pero me encantaba, era como esa canción que nunca te cansas de escuchar o ese momento que repetirías una y otra vez.

Ahora, nostálgico y con la mirada perdida en el pasado recuerdo cuando hace no muchos años ansiaba y deseaba ser mayor  y hacer todas esas cosas ‘guays’ que se hacían con más edad. Contaba los meses, las semanas y los días que faltaran para mi cumpleaños, me perdía en los calendarios con tantas fechas, santos y números. Pero la espera merecía la pena, con creces.

Mi madre siempre entraba acompañada de mi hermana pequeña cantando aquella canción, para que yo, bajo el edredón,  emergiera para posteriormente ser aplastado entre besos y achuchones de ellas dos. Podía pasar lo que fuese, que ese día salías de casa con una sonrisa de oreja a oreja, ese día no dolía madrugar ni ir a la escuela pues nada más entrar al aula eras recibido por todos tus compañeros, que venían de buenos pero que se lo pasaban pipa tirándote de las orejas y dándote calbotes. Al terminar la jornada salías de clase a las 17:00h y todos juntos cual procesión de semana santa marchábamos camino a casa, ¿Qué habría dentro de las bolsas que llevaban mis amigos? ¿Un nuevo balón de fútbol tal vez? me preguntaba una y otra vez, para luego darme cuenta de que casi todo eran camisetas salvo algún colega molón que se portaba regalando algún juguete que sabía que deseaba.

Montabas la mejor fiesta posible, y lo mejor era que tú eras el puto amo de esa fiesta. Ese día encima te habías hecho rico y sabías que tras atiborrarte a pizza del súper y sándwiches de nocilla a toda velocidad, os esperaba el esperado partido de fútbol en el patio de casa. Aunque cada dos por tres tenías que acudir a alguna llamada telefónica cual empresario de la gran manzana, a la que apresuradamente despedías para reanudar ese partido tan intenso que estabas jugando.

Y si ya era para fliparlo, si no era suficiente con todo esto, más tarde podías pedir un deseo  antes de soplar las velas, las cuales posadas en aquella tarta provocaban la sonrisa de todos tus amigos, pues la tarta de galletas de mamá seducía a cualquiera que estuviera delante.

Ahora todo ha cambiado, los cumpleaños ya no tienen la misma magia y ni mucho menos los festejo con la misma ilusión y alegría. Ahora es un sábado más de los que sales de fiesta con tus colegas, te dejas todos los cuartos y vuelves a casa al día siguiente, para que resacoso tengas que estudiar para volver a perderte en la rutina una semana más. Ya no tienes las tardes libres para ir al parque pues el día que no trabajas tienes que estudiar, fijo. No hay tarta de galletas y claro, ya no cierro los ojos y deseo salir con la chica que más me gusta.

Tal vez, y no lo sé, cuando trabaje en una escuela o tenga hijos vuelva de nuevo esa magia, aunque sea solo por verlos a ellos tan felices e ilusionados. Aunque por desgracia, solo sea una vez al año.

sábado, 26 de marzo de 2016

EL CAOS TAMBIÉN PUEDE SER BONITO

EL CAOS TAMBIÉN PUEDE SER BONITO
Eran casi las 21:00h, era hora de irse de aquel pantanal. No se veía un pijo por aquellos lares, bordeábamos epicentros de neveras y botellas vacías. Me ponía nervioso mirar el reloj, el tiempo escaseaba y teníamos que llegar a la parada de buses. Driblábamos cuales astros del fútbol a aquellas hordas ebrias que danzaban al son de la música, de un lado a otro siguiendo patrones ilógicos. Yo me limitaba a levantar de vez en cuando la mirada buscando la referencia que me daba él bólido que se dibujaba en la  parte superior de la bocatería del recinto, la cual hacía esquina con la ansiada salida. 

Y en aquella oscuridad, en aquel caos, estabas tú. De negro y con una rebeca blanca que desafiaba a la noche. Yo iba delante guiando y en un principio pasaste desapercibida, pero mi colega buscaba su gol y se detuvo a hablar con tu amiga. Yo solo quería irme a casa, pero comencé a hablar contigo con el fin de matar el tiempo. Y entre tus sonrisas y mis tonterías nos empezamos a conocer. Me sacabas un año y con suerte terminaríamos en el mismo sitio trabajando, en un cole. Y en pocos minutos, me di cuenta de que me encantaba mirarte a los ojos y deleitarme con tu sonrisa. De que supieras de Benedetti y de su estrategia, abrazarnos y despedirnos en un cálido beso que arrojaba rayos de luz a aquel contexto post apocalíptico. Sé que guardaste mi número, pues lo apunte yo en tu teléfono. Me prometerías que volverías en breves, que no me preocupara. Que volveríamos a vernos. Que te encantaba la playa y Alicante. Que volverías. Nos dimos un último beso y te perdí de vista entre la muchedumbre.

Y ya en casa, ahora que desde la distancia es fácil y cobarde, recuerdo tu aroma, tu sonrisa y tus ojos grandes, tú calma. Aunque tú no lo sepas, aunque tú no lo entiendas y este mensaje tal vez se pierda buscando una respuesta en un mar de dudas. Ahora que estoy seguro, de que jamás responderás esto, puedo decir que tal vez seas lo mejor que me ha pasado. Pero creo que ya ha transcurrido el suficiente tiempo como para hacerme saber que para ti solo fue un lio más y nunca habrá nada entre nosotros. Por lo que solo me queda apartarme de este caso, con muchos motivos para visitar la ciudad de los amantes, de perderme por sus calles y con la fe de que algún día, rescates mi número de tu agenda y nos sumamos de nuevo en la oscuridad de la que nacimos.