Por fin
se acercaba la fecha señalada en rojo en el calendario. Llevaba meses esperándola
con ansia y desesperación, pero ya estaba aquí, el día tan mágico que era mi
cumpleaños. No había otro día igual en todo el invierno, ni siquiera parecido. Aunque con inevitable paso de los años, poco a poco, me di cuenta de que siempre se repetía el mismo
ritual, la misma secuencia de acciones y hechos, pero me encantaba, era como
esa canción que nunca te cansas de escuchar o ese momento que repetirías una y
otra vez.
Ahora,
nostálgico y con la mirada perdida en el pasado recuerdo cuando hace no muchos
años ansiaba y deseaba ser mayor y hacer
todas esas cosas ‘guays’ que se hacían con más edad. Contaba los meses, las
semanas y los días que faltaran para mi cumpleaños, me perdía en los
calendarios con tantas fechas, santos y números. Pero la espera merecía la
pena, con creces.
Mi
madre siempre entraba acompañada de mi hermana pequeña cantando aquella
canción, para que yo, bajo el edredón, emergiera
para posteriormente ser aplastado entre besos y achuchones de ellas dos. Podía
pasar lo que fuese, que ese día salías de casa con una sonrisa de oreja a
oreja, ese día no dolía madrugar ni ir a la escuela pues nada más entrar al
aula eras recibido por todos tus compañeros, que venían de buenos pero que se
lo pasaban pipa tirándote de las orejas y dándote calbotes. Al terminar la
jornada salías de clase a las 17:00h y todos juntos cual procesión de semana
santa marchábamos camino a casa, ¿Qué habría dentro de las bolsas que llevaban
mis amigos? ¿Un nuevo balón de fútbol tal vez? me preguntaba una y otra vez,
para luego darme cuenta de que casi todo eran camisetas salvo algún colega
molón que se portaba regalando algún juguete que sabía que deseaba.
Montabas
la mejor fiesta posible, y lo mejor era que tú eras el puto amo de esa fiesta.
Ese día encima te habías hecho rico y sabías que tras atiborrarte a pizza del súper
y sándwiches de nocilla a toda velocidad, os esperaba el esperado partido de
fútbol en el patio de casa. Aunque cada dos por tres tenías que acudir a alguna
llamada telefónica cual empresario de la gran manzana, a la que apresuradamente
despedías para reanudar ese partido tan intenso que estabas jugando.
Y si ya
era para fliparlo, si no era suficiente con todo esto, más tarde podías pedir
un deseo antes de soplar las velas, las
cuales posadas en aquella tarta provocaban la sonrisa de todos tus amigos, pues
la tarta de galletas de mamá seducía a cualquiera que estuviera delante.
Ahora
todo ha cambiado, los cumpleaños ya no tienen la misma magia y ni mucho menos
los festejo con la misma ilusión y alegría. Ahora es un sábado más de los que
sales de fiesta con tus colegas, te dejas todos los cuartos y vuelves a casa al
día siguiente, para que resacoso tengas que estudiar para volver a perderte en
la rutina una semana más. Ya no tienes las tardes libres para ir al parque pues
el día que no trabajas tienes que estudiar, fijo. No hay tarta de galletas y
claro, ya no cierro los ojos y deseo salir con la chica que más me gusta.
Tal
vez, y no lo sé, cuando trabaje en una escuela o tenga hijos vuelva de nuevo
esa magia, aunque sea solo por verlos a ellos tan felices e ilusionados. Aunque
por desgracia, solo sea una vez al año.